"Me senté en el campo de girasoles inmóvil; se me paralizaron las piernas de la humédad del suelo. No tenía intención de levantarme. Los pétalos de los girasoles se habían cerrado y vuelto negros, como pestañas. Parecían un sinfin de ojos negros mirándome fijamente. Unas nubes negras y espesas bloqueban el son. Los capullos de las flores pendían desordenados, como si estuvieran tristes y marchitos. Las hormigas negras estaban ocupadas reconstruyendo sus fortalezas en el suelo, en el suelo liso y embarrado, haciéndolos más altos y más fuertes que la última vez que los vi, ajenos al hecho de que la próxima lluvia acabaría con ellos de nuevo, sin respetar la historia arquitectónica del fabuloso reino de las hormigas. No había ni una ráfaga de viento en el campo de girasoles; era asfixiante, como un horno de cocina, en el que estaban cocinando un pato carnoso y delicioso: yo.
...Esos pétalos caidos eran como un sinfin de caras de niños, que me miraban cariñosamente, consolándome, y me daban fuerza para que aceptara el mundo, independientemente de lo doloroso que fuera comprenderlo." Mo Yan

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