martes, 31 de enero de 2012

Hasta hoy...

Acá de nuevo el poema que te comenté, es de Pedro Aznar...

Muy bien,

he aquí lo que he visto
hasta hoy:
Cada cuerpo un bastión de "lo mío-que jamás será
lo tuyo ni lo nuestro";
miedo incontrolable: miedo ciego
a abrir la puerta y dejarnos ver
unos a otros
que estamos desnudos;
procesiones incontables
corriendo atrás del amor ideal, un fantasma que siempre se
disuelve,
siempre,
al dar vuelta a la esquina;

inventos infructuosos de cualquier tenor y alcance
para convencerse de que la felicidad pueda ser alguna otra
cosa

que entregarse a los demás;
reglas, dictámenes, teorías y credos inútiles
(porque no le dan cabida al alma,
bendita en su repulsión a los encierros;

porque son el Olimpo de los necios que creen en llegar

a alguna parte enviando al amor al destierro
por ser indefinible);
multitudes de hipócritas apedreando a los que muestran
sus manos vacías;
pesimistas sin ningún motivo;
optimistas sin ningún motivo;

lo-que-sea-istas subidos al carro de turno;

la desconfianza, alimentada de saber que el otro esconde en sí

fianza, alimentada de saber que el otro esconde en sí
los mismos monstruos;
el odio, nacido de no reconocer los monstruos

en nosotros mismos;

la máquina de forjar hombres a imagen y semejanza

de un dios perverso, vengativo e ignorante;
separación, separación por todas partes: esto no es aquello no
es

lo otro ni lo de más allá (y el doloroso precio
de la soledad);
los muertos echando tierra estéril sobre la divina semilla

de la infancia en las escuelas;

la mirada impotente y mezquina de los padres

que se proclaman dueños de los Hijos de la Vida,

(¡la Vida!, ¡que jamás espera nada de nadie!);

los que quieren que todo quede como está
saqueando
con gritos, balas o vergüenza
los dones de la juventud;

¡un océano tan vasto de dolor
cuando todo podría ser tan distinto!

He visto, también,

los que no cejan:
buscando a tientas;

aferrándose (o soltándose) al centro en las mareas
cambiantes;

dejando un tenue rastro del perfume inconfundible en los vientos
furiosos;

librando, cada día, la batalla más difícil, la única noble,

la de adentro;

borrando con su propia sangre los dictados negros (propios

y ajenos);
equivocándose, equivocándose y volviendo a empezar;

dudando de su fuerza, pero ofreciendo el pecho;

sabiendo que está todo por hacer, y que tendrá que ser hecho

cada vez
por cada uno;
templando su coraje en la negrura más espesa de la noche.

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